Víctor Hugo y la deuda social de nuestro tiempo
El trabajo como derecho y la dignidad como principio
Reflexiones de Orlando Bustillo Jr. MD
Una lectura de Los miserables, de Víctor Hugo.
Hay libros que pertenecen a su época y otros que, aunque fueron escritos hace más de un siglo, continúan interpelando el presente. Los miserables, de Víctor Hugo, pertenece a estos últimos. No es solo una novela sobre la pobreza, el sufrimiento y la redención humana; es también una profunda reflexión sobre la justicia, la libertad, la responsabilidad colectiva y la dignidad.
En la cuarta parte, El idilio de la calle Plumet y la epopeya de la calle Saint-Denis, libro séptimo, La jerga, capítulo IV, Las dos obligaciones: vigilar y esperar, encontramos un pasaje de extraordinaria vigencia moral y política.
Hugo escribe:
«Limitar la pobreza sin limitar la riqueza».
Y concluye con una afirmación que debería permanecer en la conciencia de todo gobernante:
«El trabajo no puede ser una ley si no es un derecho».
Estas dos ideas contienen una concepción profundamente humana del progreso.
La riqueza no es el problema; la pobreza sí
Víctor Hugo no propone una sociedad en la que todos deban ser igualmente pobres ni plantea una lucha contra la prosperidad. Su pensamiento apunta hacia algo más profundo: construir una sociedad capaz de generar riqueza sin abandonar a quienes permanecen excluidos de sus beneficios.
No se trata de castigar el éxito, sino de ampliar las oportunidades. La verdadera justicia social no consiste en repartir la escasez, sino en crear condiciones para que más personas superen sus limitaciones mediante la educación, el conocimiento, el trabajo y el esfuerzo.
Hugo lo expresa con una hermosa imagen: abrir talleres para todos los brazos, escuelas para todas las capacidades y laboratorios para todas las inteligencias.
Una sociedad que educa libera; una que ofrece oportunidades dignifica; y una que permite trabajar, progresar y construir un futuro fortalece sus instituciones.
El trabajo como derecho
Durante siglos hemos aprendido que trabajar es un deber. Y ciertamente lo es, porque el esfuerzo individual forma parte de la responsabilidad humana. Pero ¿cómo exigirlo cuando no existen oportunidades reales para ejercerlo?
El trabajo no puede convertirse en una obligación moral desligada de las condiciones sociales que permiten realizarlo. Tener acceso a un empleo digno, recibir una remuneración justa y contar con posibilidades de formación y crecimiento no debería ser un privilegio reservado a unos pocos.
El trabajo dignifica cuando permite vivir, no simplemente sobrevivir.
Colombia frente al espejo de Víctor Hugo
Al leer estas páginas resulta inevitable pensar en Colombia. Somos un país de enormes riquezas naturales, talento humano y posibilidades de desarrollo. Sin embargo, seguimos enfrentando desigualdades, brechas educativas, informalidad laboral y obstáculos que limitan la movilidad social.
Durante décadas hemos discutido cómo distribuir la riqueza, pero quizá no hemos prestado suficiente atención a la creación de oportunidades sostenibles que permitan producirla y hacer que sus beneficios alcancen a más ciudadanos.
La pobreza no puede combatirse únicamente con discursos, subsidios o promesas electorales. Las ayudas sociales pueden ser necesarias, pero deben complementarse con educación de calidad, instituciones sólidas, seguridad jurídica, inversión productiva y oportunidades de trabajo.
Tampoco podemos confundir justicia social con confrontación entre clases ni prosperidad económica con indiferencia ante el sufrimiento humano.
Una democracia madura necesita ambas cosas: libertad para progresar y responsabilidad frente a quienes todavía no pueden hacerlo.
Una obligación fraterna
Atender a quienes sufren constituye una obligación fraterna y, al mismo tiempo, una necesidad política. Una sociedad que abandona a sus ciudadanos más vulnerables termina debilitando su propia convivencia. La exclusión alimenta la desesperanza, deteriora la confianza en las instituciones y amenaza la estabilidad democrática.
No basta con proclamar la igualdad ante la ley si las condiciones de partida hacen imposible que muchos desarrollen sus capacidades. La libertad necesita oportunidades para convertirse en realidad y no quedarse en una promesa.
Víctor Hugo escribió estas palabras en el siglo XIX, pero su mensaje sigue vivo. El progreso no debería medirse exclusivamente por el crecimiento económico, sino también por la capacidad de reducir el sufrimiento evitable, ampliar el conocimiento y ofrecer esperanza.
No necesitamos una sociedad que condene la riqueza, sino una que no se acostumbre a la pobreza. Tampoco ciudadanos condenados a depender permanentemente de la asistencia, sino personas con herramientas para construir su propio destino.
Porque, al final, la grandeza de una nación no está solamente en la riqueza que acumula, sino en la dignidad que reconoce, las oportunidades que construye y las personas que consigue levantar.
Ese es el humanismo de Víctor Hugo. Y esa sigue siendo una de las grandes deudas de nuestro tiempo.
Orlando Bustillo Jr. MD
Reflexiones desde la lectura — Cartagena de Indias, octubre de 2026.
Referencia literaria: Víctor Hugo, Los miserables. Cuarta parte: El idilio de la calle Plumet y la epopeya de la calle Saint-Denis. Libro séptimo: La jerga. Capítulo IV: Las dos obligaciones: vigilar y esperar. Párrafos tercero y cuarto del fragmento seleccionado. Las citas corresponden a la traducción española compartida; su redacción puede variar entre ediciones.

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