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La libertad: una conquista que nunca termina

La libertad rara vez se pierde de un día para otro. También puede erosionarse lentamente, entre pequeñas renuncias, silencios, indiferencias...

La libertad: una conquista que nunca termina

La libertad rara vez se pierde de un día para otro. También puede erosionarse lentamente, entre pequeñas renuncias, silencios, indiferencias y concesiones que parecen insignificantes.

Colombia lleva dos siglos intentando construir una democracia. No ha sido una historia perfecta. Ha sobrevivido a guerras civiles, violencia política, malos gobiernos, corrupción, narcotráfico y enormes desigualdades regionales. Nuestra democracia tiene cicatrices, pero también posee una capacidad de resistencia que no deberíamos menospreciar. Incluso en medio del conflicto armado, Colombia mantuvo elecciones competitivas y recurrentes desde 1958, aunque la violencia limitó gravemente el ejercicio democrático en numerosas regiones. International IDEA

Uno de nuestros mayores desafíos ha sido el narcotráfico. La droga no solamente destruye al individuo que la consume. El dinero ilícito puede penetrar la economía, corromper instituciones, financiar organizaciones criminales y contaminar la política. No es un fenómeno atribuible a un solo gobierno ni a una sola generación. Es una herida de décadas que el país todavía intenta cerrar.

Por eso sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente al gobierno de turno por una crisis que tiene profundas raíces históricas. Cada gobierno recibe un país que otros construyeron —con sus logros y sus errores— y adquiere la obligación de entregarlo mejor de como lo encontró.

La democracia liberal supone precisamente eso: convivir con quien piensa distinto. Defender la separación de poderes, la libertad de expresión, las elecciones libres, la alternancia, el Estado de derecho y las instituciones incluso cuando sus decisiones no coinciden con nuestras preferencias. Las instituciones colombianas han mostrado capacidad para limitar el poder ejecutivo, aunque siguen existiendo importantes desafíos para garantizar plenamente derechos y libertades en todo el territorio. Freedom House

Lin Yutang escribió en El arte de vivir:

«La vida está compuesta de insignificancias; el año de instantes y las montañas de granos de arena. Por lo tanto, no subestimes nada, por pequeño que te parezca».

Algo semejante ocurre con la democracia. Está hecha de pequeños actos: respetar una opinión contraria, votar libremente, aceptar una derrota electoral, exigir cuentas al gobernante, cumplir la ley, rechazar el dinero ilícito, defender la independencia de las instituciones y comprender que ningún ciudadano ni gobernante está por encima de ellas.

Quizás por eso la democracia parece pequeña y lenta. No promete soluciones mágicas. Obliga a discutir, negociar, disentir y volver a comenzar. Pero su verdadero valor suele comprenderse plenamente cuando comienza a perderse.

La libertad heredada no basta. Cada generación tiene que volver a conquistarla mediante el ejercicio responsable de la ciudadanía.

Defender la democracia no debería significar defender a un gobierno, a un partido ni a una ideología. Significa defender las reglas que permiten que todos —también quienes piensan diferente— puedan vivir, expresarse y escoger libremente.

Porque las democracias, como las montañas de Lin Yutang, también están hechas de pequeños granos de arena.

Y cada ciudadano es uno de ellos.

Orlando Bustillo Jr. MD

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