La ilusión de entenderlo todo
Hay algo que me inquieta del momento actual: la gente opina con una seguridad que no se corresponde con lo que realmente entiende. Son sesgos de confirmación que afectan el entendimiento.
No hablo de ignorancia. Hablo de otra cosa. De esa necesidad casi urgente de tener una posición, sobre todo, de no quedarse en silencio, de no admitir que algo simplemente nos supera, cuando en realidad no es posible tener el manejo de todo el tiempo todo. En un mundo claramente que reclama mas serenidad y silencio y menos ruidos.
Hoy cualquiera explica la política,
la economía, la sociedad, como si fueran mecanismos simples. Como si bastara un
par de consignas, una lectura superficial o un video corto para descifrar
realidades que llevan décadas —o siglos— formándose. La historia actual solo
lleva dos siglos y medio desde la revolución industrial y la última revolución escasas
décadas.
Y lo más curioso es que las cosas ocurren y más bien se premia.
Se premia la certeza rápida. Se
castiga la duda. Se confunde claridad con simplificación.
Pero la realidad no es simple. Nunca
lo ha sido. Ni lo será.
Reducir la realidad para hacerla digerible no es entenderla mejor, es deformarla.
En consulta —y en la vida— uno
aprende algo incómodo: el ser humano rara vez es coherente, y casi nunca es
simple. ¿Por qué entonces pretendemos que la sociedad sí lo sea? Porque somos
seres humanos racionales pero el componente emocional a veces nubla el entendimiento. Por otro lado, el problema no es la falta de
información el tema es la incapacidad de sostener la complejidad sin
desesperarnos. (emocionalidad).
Entender de verdad implica algo que hoy incomoda: dudar, matizar, detenerse y a veces, quedarse sin respuesta. Y eso, en tiempos de ruido, se siente casi como una derrota. Cuando el silencio y la serenidad son el premio. Y, la honestidad es fundamental.

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